Diario del sobreparto
Actualizado: hace 9 horas
Autora: Alejandra Ovalle
Estamos en la sala de puerperio del hospital, en la cama 307. Cuatro camas divididas por cortinas azules conforman este espacio. La recién nacida viste un saco beige con pececitos verdes, un pantalón remangado –del mismo color– y un gorro gris. Tiene los ojos abiertos, pero no mira. Un vello fino cubre su piel rosada. El cabello aún está húmedo por el líquido amniótico; los restos de una capa blanca, grasosa y espesa y la sangre del canal de parto.
Repaso las últimas horas. Miro a la cría con desconfianza: no puede ser ella el feto que, hasta hace un rato, invadía mi tripa.
Me fijo en sus manos rugosas, le quito las medias para contar los deditos de sus pies; observo el lanugo de sus orejas… No sé qué siento. Hace apenas cuatro horas salí de la sala de partos, hace poco más que mi cuello uterino se dilató y ella asomó su cabeza por mi vagina, liberó sus hombros y fue extraída de su mundo acuático.
Me levanto lentamente de la cama para correr las cortinas, tengo miedo de que al moverme me duela la vagina recién cosida. Mis manos están adoloridas, los músculos cansados, tengo la boca seca y sangre en los pies. Llevo la bata blanca, el culo descubierto y dos telas gruesas y grises entre las piernas. Corro las cortinas y regreso a la cama. Quedamos solas, bajo una luz blanca y el olor a viejo de los hospitales. Son las diez de la noche. Ella ha cerrado los ojos. Su pecho sube, baja.
De repente, chilla. La levanto y la pongo en mi pecho. Abre la boca en el aire como un pececito que se ahoga. La acuno en el brazo y su pancita se choca contra la mía. Me desnudo y le ofrezco el pezón oscuro de mi teta izquierda. Ella lo atrapa y succiona. Succiona. Succiona. ¿Estará saliendo calostro? ¿Cómo saberlo? Me dejo llevar por sus sonidos. Pienso que los conductos de la teta son como los ríos de un mapa. En ellos viaja la leche. Me gustaría observar cómo se forma a partir de mi sangre y seguir su recorrido durante los 30 o 40 minutos que dura la toma.
La leche es sangre. Se produce a partir de componentes de células sanguíneas y elementos de mi sistema inmunológico. La leche está viva: contiene bacterias y enzimas, y cambia de sabor si consumo picante o alimentos fuertes. Además, si la bebé enferma, su saliva –al entrar en contacto con mi pezón– informa a mi cuerpo que debe ajustar la composición inmunológica y generar los anticuerpos necesarios. Es un ecosistema completo, dispuesto, como yo, a cuidar a la cría.
Una enfermera corre la cortina y entra con la luz blanca del pasillo. Me trae cuatro pastillas naranjas –vitaminas—y dos pastillas blancas –acetaminofén–. Me las extiende en su mano, junto con una botella de agua. «Mamá, ¿cómo va con la teta?» Bien, le digo. «A ver, mamá, ¿si le está bajando?» Sin pedir permiso, me toma la teta derecha, la exprime y sale un líquido amarillento. «Ay, sí, lo que hay es leche. Siga dándole a la Pitufina. Tiene buen agarre, mamá», dice con voz alegre y chillona. Sale del cuarto improvisado sin cerrar la cortina.
Sigo con la bebé en brazos. Soltó la teta, tuvo hipo y ahora gruñe entre sueños. Le canto suavecito líneas de Pajarito colibrí. ¿Cuándo tengo que cambiarle el pañal? ¿Cada cuánto la alimento? ¿Cómo sé si quedó satisfecha? Me rindo… Voy hasta el borde de la cama, muevo el comedor y me obligo a tragarme la cena: una crema de verduras, arroz, carne sin sal, una torta de banano y jugo de tomate de árbol sin azúcar. Tengo sed pero evito el agua para no ir al baño.
Mi cuerpo se siente extraño,
vacío,
d
e
s
c
o
l
g
a
d
o
Hace frío y me pesa estar sola.
***
En el puerperio el tiempo transcurre distinto.
La recién nacida está acunada en mi brazo izquierdo. Duerme después de un largo rato en el que utilicé todas mis herramientas de mamá primeriza intentando que dejara de llorar. Aprovecho la pausa, enciendo el computador y con la mano derecha hago maromas para anotar fragmentos de los hechos recientes.
Parí hace días. Mi cuerpo está roto, sangrante: expulsé líquido amniótico, me desgarré y tuve una hemorragia. Un hilo atraviesa mi piel desde el ano hasta la parte interna de la vagina. Tengo las tetas inflamadas y pegajosas por la leche, los pezones agrietados, la tripa descolgada —el útero vacío aún no recupera su tamaño normal—, y estrías en la parte baja de la barriga y en las piernas (son líneas moradas que serpentean sobre mi piel seca). Tengo estreñimiento y me duele el culo cada vez que intento cagar. Duermo por bloques de dos horas, y la espalda paga el precio de los largos periodos de lactancia. Mantengo la ropa chorreada de leche y vómito. Evito salir de casa.
Mi cuerpo se recompone: mis carnes han disminuido 12 kilos, mi rostro y mis pies se han desinflado y he recuperado el movimiento: volví a cortarme las uñas, a levantarme sola de la cama, a caminar sin la sensación de miedo a la caída y a estornudar sin orinarme en los calzones. Aún no entro en los jeans que usaba antes del embarazo, negocio con Montse chances para escribir, para pensar, para existir, y me busco entre los escombros.
Levanto trozos de hormigón; quito ladrillos, tejas, madera y sacudo el polvo… Escarbo, hago hoyos con las manos para ver si me encuentro. Tengo llagas y callos en los dedos. Cavo tan profundo como puedo, toco el fondo, no hay nada, ¿no hay nada?; ¿a quién rastreo?, me pregunto. ¿Quién me dio las coordenadas de este edificio en ruinas? Nunca volveré a ser yo. Soy otra… ¿alguien puede presentarme a esta nueva Alejandra?
Desde el puerperio el tiempo se vive distinto. En el calendario se marcan los días pasados, pero aquí días y noches se superponen unos a otros: las noches a veces son caóticas y los días silenciosos; entonces todo cambia y se mezcla el llanto desesperado con el sol, las pausas con la luna. Entonces todo cambia, sin más, sin ningún patrón.
Mi existencia se resume en hurtarle minutos de atención a Montse para quedármelos yo: durante su sueño, mientras las abuelas la cargan, mientras el papá le cambia su pañal orinado. Solo eso, minutos, porque por más brazos dispuestos para cuidarla, siempre regresa a los gritos a mi regazo, como exigiendo que la teta la alimente, la calme, la contenga, la distraiga del ruido, del frío, del hambre, de este mundo que ya no es solo líquido y refugio, y que incomoda su pequeño cuerpecito.
Casi cumplimos un mes en el que nos sobrevivimos mutuamente. Ella a una mamá primeriza; yo a una recién nacida y a esta necesidad de tiempo para la quietud,
para el silencio,
para anotar la vida.
**
Encuentro fragmentos que la nueva Alejandra deja anotados por ahí:
No importa qué día es. Son las 2:38 a.m., Montserrat se despierta y, sin siquiera abrir los ojos, chilla desde el colecho que pegamos a mi lado de la cama. Siento una presión interna en mis tetas. Las toco: están duras y duelen. Montse grita. Me retiro el sostén y empieza a gotear leche de mis pezones. Le ofrezco la teta derecha y ella se pega. La lactancia me une con mi cría; es una especie de cordón umbilical, ahora formado por un líquido blanquecino. La alimento entre 10 y 12 horas al día: a eso se traduce la «libre demanda», una jornada laboral que no distingue horarios.
Otro trozo:
Dicen que la lactancia no duele. Mienten. Siempre duele, incluso si sigo las instrucciones, incluso si hay producción de leche y buen agarre. Por ejemplo, ayer, mientras me duchaba, noté un bulto en el seno izquierdo. Durante el día sentí punzadas en la teta y, por la noche, la zona estaba enrojecida y me dolían las articulaciones. Las alarmas se encendieron: mastitis. Me diagnosticaron congestión mamaria. El tratamiento: masajes desde la axila hacia el pezón cada dos horas, extracción con extractor eléctrico, acetaminofén cada ocho horas y compresas frías. La escena es un cuadro divertidísimo: tengo un tetero plástico en cada teta, conectados por una manguera que va a un aparato rosa, donde puedo elegir si quiero un masaje o extracción. Lo enciendo, vibra y succiona la leche. Me siento una vaca. Este cuerpo me sobrepasa.
En otro escrito:
Montse está pegada a la teta y yo siento cómo me apago. Me arden los ojos por las lágrimas que derramé en la tarde, por rabia, cansancio y soledad. Porque, aunque Hombre está a mi lado, es imposible el 50-50. Fue este cuerpo el que gestó, parió y ahora alimenta. Él me acompaña, sostiene, cuida, acaricia y agradece… Es tanto y tan poco a la vez.
Luego, revisando una libreta, en un papel doblado entre las páginas:
Voy sin camiseta y con las tetas al aire por la casa. Después del parto, he perdido la vergüenza ante la desnudez. De pasada veo mi reflejo en el espejo: la barriga caída, los pezones agrietados que brillan por un gel con olor a menta que ayuda a recuperar el tejido. Este cuerpo se siente distinto: adolorido y extraño. La prolactina, los estrógenos, la progesterona y el cortisol forman un cóctel de hormonas que determina mi energía, mi sueño y mi estado de ánimo. Ni mi cuerpo ni el tiempo me pertenecen, están siempre a disposición para la recién nacida, cuya gestación continúa fuera del útero. Ella necesita de mí para recibir protección, calor y alimento… para sentirse segura.
¿Qué necesito yo?
*
En dos días se cumplen dos meses desde aquel viernes en el que parí una bebé y una nueva yo. Releo lo que escribo y escarbo, y pienso que traer a la vida y entregar a Montserrat al mundo ha sido lo más importante, brutal, desafiante y animal que he hecho… Entonces me pregunto,
¿Realmente quería ser mamá?




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